Mucho antes de que la bici fuera objeto de diseño, de la aparición de las choperas, las plegables,
las municipales y las de bambú; mucho antes de la bicisenda, la masa crítica y la batalla estéril
entre autos y bicicletas, papá era el más profesional de los ciclistas aficionados. Todos los días salía
a andar en bici antes de irse al trabajo (mínimo una hora) y los fines de semana consagraba sus
mañanas al pedaleo mientras los demás lo esperábamos llegar cerca del mediodía para activar el
almuerzo. Otras veces nos invitaba a ser parte del paseo: recorríamos los bosques de Palermo, el
Rosedal, la Costanera que bordea el aeroparque, siempre recibiendo sus indicaciones y alertas
sobre el estado del camino que hacía mediante señas, adelante nuestro. También,
indefectiblemente, nos regalaba su gracia que era andar sin manos y simular que hacía ejercicios
de bíceps plegando los brazos.

En el fondo de casa papá había armado un taller donde se la pasaba arreglando las bicicletas. No
solo la suya, las nuestras y la de mamá, sino otras porque tenía más de una. Su modelo predilecto,
que actualizaba cada equis cantidad de tiempo, era la bicicleta de carrera. Ruedas finitas, asiento
para perder el invicto y el manubrio doblado hacia abajo. Pero había además una de paseo y una
segunda de carrera, a las que siempre les estaba haciendo algún ajuste. Fuera de cambiarles la
cámara cuando se pinchaba una rueda, nunca supe bien qué hacía, pero con una llave regulable y
una pico de loro retocaba los discos, los frenos, la cadena. Tardes enteras de verlo en calzones,
sentado sobre el escaloncito del patio, transpirado, con alguna bici boca arriba, pedaleando en el
aire de sus meditaciones terrenales. Más acá en el tiempo, hizo confluir su vocación de tallerista
con su espíritu inventor cuando se dedicó a la construcción de una bici de carrera con un motor de
motosierra, que usaba esporádicamente en trayectos cortos y que siguió perfeccionando durante
años y años en el patio de casa.

¿Quién le habrá transmitido esa pasión? ¿Qué sensaciones experimentaría papá cuando salía a
andar? Imagino que libertad y placer, pero nunca se lo pregunté. La bici fue, sin dudas, SU medio
de transporte, el caballo con ruedas que, hasta en sus épocas de mayor desmemoria, lo llevaba
lejos y a su ritmo. Me acuerdo perfecto el día en que me enseñó a andar sin rueditas y también la
última vez que salimos juntos hace dos años. En ambas el paisaje de fondo es el Rosedal. En el
primer recuerdo me veo dando vueltas despacio en una pista cerrada al tránsito, guiado por su
aliento y sus consejos, con la felicidad de descubrir una nueva forma de equilibrio. En el segundo,
viene a mí una charla en un banco placero con él y un tal Bianchi, quien me comentó por lo bajo
que los del “grupo de la bicicleta” últimamente no lo veían bien. Yo sí, pensé pero no le dije. Arriba
de una bicicleta papá siempre será feliz.