En un bondi a la luz del sol hay caras de apuro o preocupación, nadie habla con nadie salvo para pedir permiso o disculpas, y cada uno anda tan ensimismado en su propia isla que el timbre se toca entre 2 y 3 veces por parada. Puede que la lentitud del desplazamiento, en contraste con la ansiedad por llegar a nuestros quehaceres, incida en crear esa atmósfera de rigidez colectiva que vuelve las caras de piedra y el silencio, cotidiano.

De noche, en cambio (y hablo de un viernes o sábado desde las 11), se borran los límites entre el colectivo de línea y el party-bus. Es cierto que faltan música y tragos para todos, pero los grupos de chicos y chicas arregladas que van de viaje rumbo a la joda conversan entre sí con la animación de lo que vendrá, y el murmullo de voces y risas superpuestas parece un colchón de audio sobre el que uno pudiera recostarse y ser llevado hasta el fondo para bajar.

Con la madrugada llegan los vómitos en la cabina, las cabezas bamboleantes por el sueño golpeando contra las ventanillas, parejitas incipientes, diálogos aislados, el fin de fiesta. De ese aire apocalíptico y triunfal vuelve a nacer la seriedad nuestra de cada día.