¿Por qué a veces parece que cuesta tanto cambiar? ¿Será que estamos aferrados a un puñado de
historias que vivimos o nos contaron acerca de nosotros hasta volverse nosotros mismos? ¿O que
uno ni siquiera se da cuenta a qué está aferrado, cuál es ese personaje que cada mañana
reproduce ante el mundo con la convicción de ser alguien cuyo nombre y apellido responden a
una identidad reconocible a partir de ciertas reacciones, ciertos gestos y ciertas formas de
expresar las ideas y emociones? Lo único cierto es la incertidumbre, las mudanzas a las que uno se
resiste porque cree que mejor bueno conocido, pero mientras el río sigue quieto, el puente se
mueve y se mueve…

¿Por qué será que a partir de un momento en la vida uno se convence de cosas como que la mejor
forma de colgar la toalla es así, y no solo puede repetir esa acción de ese modo al infinito, sino que
en ocasiones además considera necesario predicar (sobre todo, cuando nadie se lo pide) que así es
como se cuelga una toalla? Si tentativamente los hábitos podrían definirse como las repeticiones
que les dan coherencia y unidad a lo cotidiano, las manías son el jugador que se hace expulsar
solo. No hay manera de hacerlas entrar en razón. La cosa apunta a que cuesta tanto cambiar una
acción ínfima como variar los caminos que uno hace cuando sale de su casa.

En bares, restoranes y subtes, muchas de las charlas que se oyen a la pasada son sobre cambios.
Sobre la dificultad y el esfuerzo de adaptarse a los cambios que traen los cambios de hábito, del
placer que provoca ganar la batalla de estar probando algo nuevo, supuestamente mejor para
uno. Desde la revelación cósmica del vegano, típico tópico top del cambio en lo que a morfi
refiere, hasta la nuca rapada de los meditabundos, pasando por el padre novato, el ex fumador, el
ex jugador, el ciego y el zombi, la criatura que cada uno fue y será está contenida en este
momento. ¿Por qué parece que cambiar tanto cuesta a veces?