En aquellos años hacer un clic era despertarse, cambiar la visión sobre un asunto a partir de un
hecho revelador, por más nimio que fuese. Se hacía uno solo, con el adjetivo de cantidad
adelante y tenía el sabor de las epifanías cotidianas que marcan un antes y un después en
relación a un tema con el que uno viene trabado. La frase aparecía en charlas,

-¿Y? ¿cómo venís con eso?
-Bien, al final hice un clic y listo, toy mejor…

Hoy hacer clic es apretar un botón real con el dedo que oprime otro botón virtual en la pantalla
del aparato que sea, y de ahí nos llevan a la promesa de un más allá que, como muy lejos, acaba
en la apertura de una ventana o pestaña que no mira al cielo. (No quiero perder el foco, pero
vivimos atrás de pantallas, a veces viéndolas en simultáneo o interconectadas entre sí. Estar en
la nube, en singular, es tener todos tus archivos colgados en Internet; estar en las nubes, en
plural, era vivir en estado de distracción). Esos botones para hacer clic, cliquear o clicar, según en
qué zona del mapa hispanohablante estés geoparado, son como las manzanas de la tentación de
un paraíso que prescinde del paisaje exterior. Además reciben el nombre de llamado-a-la-acción
(del inglés call-to-action, CTA en su reducción a sigla), suelen ser rectangulares, vienen en rojo,
azul o verde, y aunque difiera su finalidad –atiborrar el carrito de compras, descargar tal o cual
archivo o programa, completar el formulario de contacto, reenviarle esto a un amigo–, la acción
humana concreta es siempre la misma: apretar una y otra vez el botón. Hacer clic acá.

No creo todavía haber envejecido lo suficiente como para ser, en un diálogo hipotético,
puramente mental, el que les diga a los jóvenes que clics eran los de antes, que para muestra
basta un botón. Mis epifanías son estas: notar que las cosas cambian y ponerlas por escrito.