El cruce de Superí con Virrey Loreto tiene una particularidad geográfica: en vez de cuatro ochavas hay dos, producto de que Superí nace o muere (según el optimismo con que se mire) como un río afluente de Loreto. Si bien existen al menos dos cruces similares en el barrio –el de Delgado con Newbery, el de Gregoria Pérez con Conde–, este que nos ocupa hoy se distingue, entre otros motivos, porque la bicisenda que pasa por la esquina pega una curva de lo más misteriosa que requiere de una atención extra de los sentidos.

Los ciclistas que vienen desde Palermo por la pendiente suave de Enrique Martínez se encuentran de golpe con que ese canal veloz y soleado se interrumpe abruptamente al llegar a Virrey Loreto. El impulso manda seguir derecho, pero una franja verde ancha en el asfalto invita al desvío, a salir del corralito doble mano, cruzar Martínez girando el cuello a la derecha para evitar un involuntario paseo en auto, cruzar Loreto (cuello a la izquierda) y después de 50 metros aprox. enfrentar la curva de Superí por el lado de afuera de la bicisenda.

Pedaleando en sentido contrario, desde Belgrano hacia Colegiales, la visión de lo mismo cambia por completo y también el peatón puede apropiarse de la imagen. Desde Superí se ve el final, la calle que termina y choca contra la pared de otra calle: Loreto. Curva cerrada pegada al cordón para dar la vuelta en la esquina, donde está esa casa color ocre que ahora pusieron a la venta y que siempre llamó la atención por su negocio sui generis de animalitos de cerámica y vidrio que nunca atendía nadie, pero… antes, antes de girar, una mirada rápida a lo que Loreto ofrece en esa mitad de cuadra que se nos viene encima.

Una entrada como de caballeriza, puerta verde combada arriba, y adentro en vez de yeguas y caballos, muebles de madera y aluminio. Justo al lado, un jardín en plena vereda, enmarcado entre dos árboles de tronco grueso, plantas altas de un edén que se separa de la calle, y por encima el toldo a rayas rojas y blancas. Un cartel en la puerta de vidrio especifica en verso el horario de atención:

“Abrimos cuando venimos,
cerramos cuando nos vamos.
Y… si viene y no estamos
es que no coincidimos.”

Es lo de Julio, un boliche que habrá abierto en 2006 más o menos, que suele servir dos platos de comida (cuando abre) y que fue mutando como su dueño, salvo en su irrenunciable modo de hacer transcurrir el tiempo con la lentitud de una babosa.

Cruce de caminos, manos y sentidos este que lleva el nombre del tercer virrey español en el Río de la Plata y el de un militar argentino, que murieron con 10 años de diferencia, allá por 1813.