Cuentos

El interior S.A.

Añosluz editora, 2015


Nueve cuentos tiene El interior S.A. 

“Jonathan, la película”, “Open Door”, “Aquello”, “El desperfecto”, “Colaborador”, “Los ojos”, “El hombre del sillón”, “Las vacaciones del doctor Castagno” y el último, que le da título al libro.

Reseñas

Los cuentos

 

OPEN DOOR

Hacía más de cincuenta años que mi tío abuelo estaba internado en Open Door y como en casa se hablaba poco del tema, tardé bastante en enterarme de los motivos que lo llevaron a pasarse casi toda la vida en un manicomio. Algo es seguro: ya de chico me parecía que tener un pa-riente loco en la familia no era lo mismo que no tenerlo.

La primera vez que vi al tío José, mi abuelo todavía estaba vivo. Yo tendría unos diez o doce años, y tampoco recuerdo bien si fui a visitarlo porque me lo ofrecieron o porque lo pedí. Sí sé que una mañana de otoño mi tía pasó a buscarnos a mamá y a mí en su rural Falcon roja. Adentro además venían mis abuelos y mi prima.

Conversamos sin parar los cuarenta kilómetros que separan Buenos Aires de Luján, pero cuando entramos al camino de tierra que te lleva del pueblo a Open Door, la cabina del auto quedó en silencio como si alguien desde afuera nos hubiera puesto en mute. Por la ventanilla desfilaban callados los árboles de copas ocres y las chimeneas de las fábricas escupían al cielo un humo negro, reconcentrado. Mi abuelo viajaba en el asiento del acompañante y desde atrás yo veía de refilón la mitad de su cara. El bigote se le había fruncido hacia arriba en un gesto de preocupación tan familiar que me hizo sentir preocupado. Mi tía dobló bruscamente en una esquina y avanzó a toda velocidad levantando polvo hasta que frenamos frente a una puerta de rejas con un cartel. “Bienvenidos a la Colonia Nacional de Alienados Domingo Cabred”.

EL HOMBRE DEL SILLÓN

Volví a despertarme de madrugada, pero esta vez había un tipo sentado en el sillón del living.
–¿En qué andás, Horacio? –me dijo y creo que no pegué un grito porque estaba demasiado resacoso. Su cara me sonaba conocida de algún lado y, aunque no había nada temible en su aspecto, sentí miedo.
–Si quiere plata, está toda en aquel cajón –le dije– pero por favor no me mate…
–No te asustes, Horacio, no vine a robarte más que tiempo. Lo que sí, te voy a pedir dos cosas: poné agua para un mate y no me tratés de usted.

El fuego azul de la hornalla me chamuscó los pelos de los dedos. ¿Qué hacía yo a las cuatro de la mañana calentando la pava? ¿Quién era ese tipo? Me temblaban las piernas y las manos. Volqué parte de la yerba afuera del mate y una alfombrita verde musgo tiñó la mesada.


EL DESPERFECTO

Abrí la puerta del mueble y me encontré con un desorden inquietante. Era como si la desidia hubiese apilado en ese hueco oscuro que está debajo de la pileta de la cocina, el aceite, el vinagre, el cajón de las papas y las cebollas, los trapos de piso, la lavandina y otros productos de limpieza que jamás usaba. El único estante de madera que atravesaba el interior del mueble se había hinchado por una pér-dida minúscula que nunca me decidía a arreglar. Contra la pared del fondo, atrás del colador y de unas ollas, vi una mancha gris, grande como una mano. Pensé que sería uno de esos lamparones de humedad aparentemente inofensivos, que esconden un caño roto y varios días con la cocina dada vuelta. Cerré el armario y me puse a picar la cebolla. Cuando la eché en el sartén, me saltaron unas gotas de aceite en el brazo, pero no me quejé.
Más tarde trituré unos capeletis con tuco, de parado. Los pinchaba del plato que estaba apoyado sobre la mesada y me los llevaba a la boca en piloto automático.

Cuando recién me había mudado, comía así. No había mesa en el living ni sillas potables, solo dos cajas grandes de cartón y un puff medio desinflado. Me sentía de paso en la casa. Ahora una cucaracha diminuta caminaba cerca de mi plato. Tranquila, sin apuro, tan chiquita que no llegaba a asustar. Me quedé quieto, viéndola avanzar sin ánimo de matarla, perplejo del límite al que podía llegar mi dejadez.

Sonó el teléfono.
–Necesito contarte algo –era mi hermano, noté la carga emocional de su voz.
–¿Qué pasó? –le dije.

AQUELLO

Imagínense que llegan a su trabajo a las siete y media de la mañana, después de una noche con el sueño entrecortado, y apenas traspasan la puerta de entrada y pisan la alfombra de la oficina, la secretaria les dice que tienen una llamada. Raro que alguien los quiera ubicar a esa hora, piensan ustedes, pero para no contradecir, aga-rran el teléfono y se lo llevan a la oreja.

–¿Hola? Sí… ¿Qué? ¿Qué pasó?

Cinco minutos más tarde, todavía shockeados por la noticia, se suben a un taxi y le dan al chofer la dirección del lugar del crimen. Un viaje para el olvido.

Ahora, que están parados frente al edificio, juntando aire para atravesar la puerta por la que entraron tantas veces, parece increíble que hasta ese rectángulo de ma-dera y vidrio haya perdido su inocencia y sea otro signo del horror.

COLABORADOR

Nos citaron en el zoológico un sábado a las nueve de la mañana. Llegué primero. A medida que iban apareciendo los demás con sus caras de dragón trasnochado, pensé que los de la compañía discográfica no podrían haber ele-gido mejor el punto de partida para el viaje. Así como los médicos usan ambo o delantal, y los mecánicos y porteros un overol caqui o azul, los periodistas de rock llevan siempre puesta la remera de su grupo o solista preferido. Es fácil reconocerlos, algunos incluso parecen una versión degradada de las estrellas que admiran. Y aunque me les parezco en mucho y escribo notas para La Rocka, nunca me sentí por completo uno de ellos. Digo esto sin orgullo y con cierta cuota de resignación, sabiendo que el que se aísla, no forma parte de nada.

A eso de las diez, nos invitaron a subir al micro. Mientras el chofer calentaba el motor, la chica de prensa aprovechó para tomar lista. Se ubicó a mitad de pasillo con el cuerpo apoyado sobre el canto de un asiento y cuando escuchaba el grito de confirmación, hacía un tilde con una birome al costado de cada nombre. El único ausente en una comitiva de 35 personas era mi compañero de viaje, el autobautizado “Próspero (a secas)”. Considerado una leyenda de los medios por la gente del rubro, miembro fundador de La Rocka y de otras publicaciones más o menos míticas como El escarabajo eléctrico; con su cámara había registrado momentos fundamentales en la historia del rock nacional.

Arrancamos derecho por Sarmiento y a la altura del Monumento a los españoles, adiviné que era Próspero el que corría al lado del micro. Su cabeza rapada brillaba al sol igual que en la fotito del staff. (Además, tenía un trípode en la mano).


LAS VACACIONES DEL DOCTOR CASTAGNO

Acababa de atender a su último paciente.
Ahora, sentado en el sillón donde todos abrían la boca para él, el doctor Castagno se miró en el espejito con el que inspeccionaba dientes ajenos.
–Mañana no voy a estar acá –dijo en voz alta y el reflejo diminuto de su cara asintió distorsionado.
Castagno apagó el reflector que estaba encima suyo y se sacó el delantal celeste. Unos minutos después, ya en la sala de espera, miró la agenda del día siguiente como algo lejano, sin relación con el presente.
Antes de salir a la calle, desconectó todos los equipos y cerró el consultorio con dos vueltas de llave.
Anochecía.

Cuando el muñequito del semáforo se puso en verde, el doctor Castagno se sintió extrañamente liberado cruzando la avenida. Pensó con cierta euforia que había llegado la hora de dedicarse a realizar algunas cosas pendientes, pero, ¿cuáles? No había nada concreto que tuviera ganas de hacer y lo que no había encarado nunca, lo que siempre se prometía y postergaba, ahora le resultaba ajeno, de otra vida. Caminaba con la excitación de quien se siente libre, una sensación parecida a la que experimentó días después de que falleció su mujer, pero sin la culpa. De las vidrieras salían ráfagas de luz, los maniquíes parecían vivos y las personas con las que se cruzaba despedían un aura de belleza rara. La idea se le presentó sin nubes: pasaría la noche en un hotel caro.

JONATHAN, LA PELÍCULA

Los viernes al final de la tarde eran un infierno. Cerca de las ocho, el video desbordaba de gente ávida de cine. Querían ver los estrenos, algún clásico, la última de Alien, una comedia que no fuera muy estúpida, querían ver “algo” y eran como pajaritos que repetían ¿la tenés?, ¿la tenés?, ¿la tenés? A esa hora yo atendía el negocio en piloto automático. Estaba metido en ese rectángulo de 6x4 con baño al fondo desde el mediodía y, para ese entonces, ya había tomado tres termos de mate y recomendado películas de todos los géneros. Me movía eléctrico de acá para allá, con cajitas en la mano que ponía y sacaba de las estanterías, mientras charlaba de corrido con varios socios a la vez.

De cara a los clientes, Lean era el chico del delivery y yo, el torso detrás del mostrador. Juntos hacíamos una dupla dinámica: a él le tocaba repartir y retirar películas en el menor tiempo posible, y a mí atender el teléfono, anotar los pedidos, preparar el cambio y aguantar el humor de la gente. Cuando trabajás en un negocio a la calle, estás tan expuesto a la locura cotidiana que llega un momento en que ni te das cuenta, pero si en aquel entonces hubiera tenido una cámara a mano, habría filmado horas y horas en el video, y hoy me estaría dedicando a editar el programa piloto de una comedia anodina, protagonizada por seres de carne y hueso como Jonathan, un pibe que parecía de quince pero que estaba terminando la primaria, vivía en la cuadra del negocio y durante meses, cada vez que entraba, se limitaba a decirnos:

–¿Llegó alguna nueva de acción?


LOS OJOS

Hoy a la tarde me operaron de la vista y aunque ya no recuerdo cómo era ver bien, ahora directamente no veo nada. Estoy tirado boca arriba en la cama de la clínica y tengo los párpados vendados con dos parches de gasa. Siento el ardor del láser todavía en las pupilas y me caen lágrimas de los ojos por más que no quiera llorar.

A un costado de la cama, sentada en una silla, Vic sostiene mi mano y cada tanto la acaricia. No estamos en nuestro mejor momento, ¿para qué negarlo? Sin embargo, este gesto suyo de venir a pasar la noche conmigo hace que me replantee hasta mis dudas con ella. Mañana a primera hora sabremos el resultado de la intervención.

EL INTERIOR S.A.

Era de noche cuando golpearon a la puerta de mi despacho. Mi secretaria ya se había ido hacía dos horas y probablemente no quedáramos en la empresa más de tres o cuatro personas, los mismos fanáticos de siempre que preferíamos adelantar trabajo con tal de postergar la vuelta a casa. Yo estaba tan concentrado en la revisión del balance anual que apenas escuché el toc toc toc, dije sin pensar:

–Adelante.

La puerta se abrió con una lentitud exasperante.

Bajo el marco blanco de madera, apareció un viejito de traje marrón y ojos rasgados, con un maletín que le colgaba del brazo como una extensión del cuerpo. Algo en su apariencia me hizo acordar a los muñequitos con los que jugaba en la infancia.

–Digame, ¿en qué puedo ayudarlo? –le pregunté.
–¡Bien dispuesto! –dijo sonriendo–. Ayuda, ayuda… Pa-sar, ¿puedo?