No sé cuándo empecé a prestarle atención a la frase que está en boca de todos los choferes de bondi. Basta que se suban más de tres personas en una parada para que se arme en el interior de la cabina una pequeña fila en torno a la máquina lectora de Subes que amenaza con detener la marcha. Impedido de arrancar –demorado quizás por la mala ubicación del artefacto o por el pedido poco claro de los pasajeros cuando indican un destino que se condice con una cifra que se dubita y se debita automáticamente de sus tarjetas–, el chofer se impacienta, quiere poner primera y le advierte al último en subir, que pende de un escalón como de un hilo: “¡Cuidado la puerta!”.

¿Cómo “cuidado la puerta”? Si a la puerta no va a pasarle nada. En todo caso, si alguien sale lastimado, será la persona que se vea comprimida por el apretón neumático del fuelle contra el marco metálico, que acabará por aplanarla como dibujito animado. Hay también una amenaza evidente en la pronunciación de la frase. “Cuidado la puerta” manifiesta el deseo de salvaguardar la integridad del objeto que se abre y se cierra, separando la calle de ese largo monoambiente móvil llamado colectivo, pero también constituye una advertencia al pasajero que podría traducirse así: “si no te metés adentro y subís del todo ahora mismo, te voy a aplastar con la puerta”.

Al igual que su predecesora, la no menos célebre, porteña y colectivera “correrse pa’l fondo”, elige la impersonalidad para dirigirse a personas muy concretas, en este último caso más individual que masificada. Si hemos ganado algo en este siglo de devenir ganado, acaso lo responda el tiempo perdido en cada parada donde el bondi se demora para que sigamos trepando los monos.