Le habían ofrecido atravesar el océano a nado con un bote de lujo y un polizón experto que lo custodiaran a lo largo y a lo ancho del camino [1]. Le habían prometido (cuando vieron que la oferta, más que descabellada, le resultó idiota) trasladarlo en un avión a chorro que fuera haciendo escalas cada una hora y media para recargar combustible, con la consabida dilación de otra hora en tierra antes de volver a levantar vuelo, lo cual suponía un tiempo total de viaje de un día y medio hasta llegar a destino, sin contar el estrés y los cambios climáticos. Desestimó la propuesta de subirse a un globo aerostático aunque le pareció romántica, y las demás también fueron bochadas por absurdas y sin embargo coherentes, si se tiene en cuenta que estaban amparadas bajo el paraguas de una supuesta falta de presupuesto. Pero, ¡qué tanto! Si tanto lo querían y su presencia era tan codiciada en otros puntos del planeta para que allá viviera y se procreara, mismo incluso desplegase su talento y ya no digamos sus alas, que de haberlas tenido quizás hasta le habrían solicitado que se fuese volando por sus propios medios –y no precisamente en sentido figurado. En ese caso, a lo sumo, la producción se habría comprometido a destinarle un suministro de viandas suculentas en cada alto, o mejor dicho, bajo del trayecto.

Pero de tamaña imposibilidad y de ese sueño que ni siquiera era suyo (sino heredado de sus padres y ni siquiera de ellos, sino de un inconsciente colectivo que se traslada sin chofer ni dueño y construye la sólida materia evanescente de las aspiraciones a escala nacional), David Gustavo hizo una virtud, refrendando un documento nunca escrito donde se sostiene que la patria es el terreno fértil para el sí mismo y todo lo que haya sido o vaya a ser negación acabará convirtiéndose en realidad de signo contrario. ¿Qué tul?

Llegados a este punto, las preguntas saltaron como liebres. ¿Y su don? ¿Cuál era su don? ¿Ver más allá o más acá de las cosas? ¿O su don nada más era ver? ¿Por qué este coterráneo cualunque que nunca dio muestras de una brillantez apabullante ni de una falla evidente en el sistema central nervioso, pasible de compasión, risa o burla, se convertía ahora en un bien preciado a nivel internacional? ¿Qué status se le otorgaba en aquel entonces al ojo extranjero? Las exhaustivas entrevistas realizadas a parientes remotos y familiares muy cercanos, amigos vigentes y prehistóricos, compañeros de trabajos de la antigüedad, ex mujeres y otras permanentes u ocasionales, arrojaron un único resultado. El misterio sutil y no tan intrigante que envuelve a las acciones cotidianas delinea un derrotero [2]  y si partir es morir un poco, quedarse… ¿es vivir un toco?

A veces, con los brazos apoyados en la baranda de algún balcón, recapitula echando humo aunque ya no fume, escribe mentalmente notas sobre lo que hizo o debió de hacer, elabora (igual que todos) una realidad paralela de resultados improbables y aleatorios que difícilmente salgan a la luz, y es en esas noches que bracea acompasado para llegar a la orilla y mirar en cuclillas el vaivén de las olas esperando las luces pastel del amanecer.

[1] Cosa, en principio, inexacta, ¿no? Porque dicho término proviene de “caminar” y en este caso sería más bien un desplazamiento acuático.
[2] Nada que ver con derrota ni con teros, sino más bien con el rumbo de un viaje a través del mar.