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El último de civil | Alejandro Guerri
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Viajé en el ascensor con el vecino policía del 5°. Tenía el arma en la cartuchera y se terminó de acomodar los tiradores mientras bajábamos. Nos despedimos en la calle y cada uno se fue para su lado. A las dos cuadras vi una mujer policía parada en la esquina, de las que usan uniforme violeta y gorra de béisbol. Reportaba por handy movimientos sospechosos en la puerta de una vivienda. Un auto estacionó haciendo chirriar las ruedas, bajaron otros dos policías de naranja y le hicieron la venia a la oficial que correspondió el gesto. Nunca había visto ese traje, seguramente haya más divisiones en la fuerza de las que conozco.

Cuando llegué a la plaza, me había cruzado con muy poca gente durante las diez cuadras de caminata. Todos policías. En la calesita y en la zona de juegos, las madres jóvenes y las abuelas, los padres y los nenes, también estaban vestidos como policías. Todos con colores distintos de uniforme. Azules, violetas, naranjas, amarillos, verdes y negros. Parecía sensato que los más chicos llevaran casco porque son los más que se golpean. Una señora que relojeaba a su nieto en el tobogán, me explicó que el color determina las funciones que se le asignan a uno, en su mayoría tareas de mantenimiento y de control. Incluso me contó que había pica entre verdes y violetas, y entre amarillos y negros, porque como estaban obligados a reportarse entre sí, se acusaban de obrar de mala fe frente a la Plana Mayor. Se botonean, dijo la señora con picardía.

De vuelta a casa me pidieron documentos tres veces y me preguntaron qué era ese libro que tenía en la mano. Al tercer resumen del argumento me sentí un reseñista radial. En el bar de la avenida los viejos civiles de ayer charlaban ahora de sus correrías con pecheras flamantes símil Robocop, hojeando el diario sin oírse, las gorras colgadas de una punta de la silla.

El último policía con el que conversé tenía sombrero de cowboy y la amabilidad inusual del empleado que atiende bien. Con las manos entrelazadas a la altura del bajo vientre, me recomendó acercarme al Centro de Seguridad del barrio y me indicó la dirección en un papel. Ahí sabrán decirle a qué división pertenece, le entregarán su uniforme, la Guía de los Pensamientos Correctos que abarca una diversidad de temas de interés común, y la Guía de las Respuestas y los Comentarios Atinados que sirve para tratar con superiores, iguales e inferiores.

En casa di vuelta la basura y en el fondo del tacho encontré los pedazos de la carta que me había llegado y rompí sin leer. Era el anuncio oficial de lo que estaba pasando y un instructivo con los pasos a seguir para integrarse al nuevo orden. Metí todo adentro de la bolsa y tiré también el papelito del cowboy. Hice un nudo y la llevé hasta el incinerador. El líquido que chorreaba por abajo dejó un hilito de olor ácido en el pasillo.