Oriental


EL INTERIOR S.A.



Nueve cuentos componen El interior S.A., mi primer libro de cuentos que acaba de editar Añosluz Editora sobre el filo de 2015.Además del cuento que da título al libro, integran el volumen "Jonathan, la película", "Open Door", "Aquello", "El desperfecto", "Colaborador", "Los ojos", "El hombre del sillón", y "Las vacaciones del doctor Castagno".


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A modo de canapé, va el comienzo de cada cuento y, a la postre, la contratapa que escribió Elvio Gandolfo.



OPEN DOOR

Hacía más de cincuenta años que mi tío abuelo estaba internado en Open Door y como en casa se hablaba poco del tema, tardé bastante en enterarme de los motivos que lo llevaron a pasarse casi toda la vida en un manicomio. Algo es seguro: ya de chico me parecía que tener un pariente loco en la familia no era lo mismo que no tenerlo.



EL HOMBRE DEL SILLÓN

Volví a despertarme de madrugada, pero esta vez había un tipo sentado en el sillón del living.

–¿En qué andás, Horacio? –me dijo y creo que no pegué un grito porque estaba demasiado resacoso. Su cara me sonaba conocida de algún lado y, aunque no había nada temible en su aspecto, sentí miedo.



EL DESPERFECTO

Abrí la puerta del mueble y me encontré con un desorden inquietante. Era como si la desidia hubiese apilado en ese hueco oscuro que está debajo de la pileta de la cocina, el aceite, el vinagre, el cajón de las papas y las cebollas, los trapos de piso, la lavandina y otros productos de limpieza que jamás usaba. El único estante de madera que atravesaba el interior del mueble se había hinchado por una pérdida minúscula que nunca me decidía a arreglar. Contra la pared del fondo, atrás del colador y de unas ollas, vi una mancha gris, grande como una mano. Pensé que sería uno de esos lamparones de humedad aparentemente inofensivos, que esconden un caño roto y varios días con la cocina dada vuelta. Cerré el armario y me puse a picar la cebolla. Cuando la eché en el sartén, me saltaron unas gotas de aceite en el brazo, pero no me quejé.



AQUELLO

Imagínense que llegan a su trabajo a las siete y media de la mañana, después de una noche con el sueño entrecortado, y apenas traspasan la puerta de entrada y pisan la alfombra de la oficina, la secretaria les dice que tienen una llamada. Raro que alguien los quiera ubicar a esa hora, piensan ustedes, pero para no contradecir, agarran el teléfono y se lo llevan a la oreja.

–¿Hola? Sí… ¿Qué? ¿Qué pasó?

Cinco minutos más tarde, todavía shockeados por la noticia, se suben a un taxi y le dan al chofer la dirección del lugar del crimen. Un viaje para el olvido.



COLABORADOR

Nos citaron en el zoológico un sábado a las nueve de la mañana. Llegué primero. A medida que iban apareciendo los demás con sus caras de dragón trasnochado, pensé que los de la compañía discográfica no podrían haber elegido mejor el punto de partida para el viaje. Así como los médicos usan ambo o delantal, y los mecánicos y porteros un overol caqui o azul, los periodistas de rock llevan siempre puesta la remera de su grupo o solista preferido. Es fácil reconocerlos, algunos incluso parecen una versión degradada de las estrellas que admiran. Y aunque me les parezco en mucho y escribo notas para La Rocka, nunca me sentí por completo uno de ellos. Digo esto sin orgullo y con cierta cuota de resignación, sabiendo que el que se aísla, no forma parte de nada.



LAS VACACIONES DEL DOCTOR CASTAGNO

Acababa de atender a su último paciente.

Ahora, sentado en el sillón donde todos abrían la boca para él, el doctor Castagno se miró en el espejito con el que inspeccionaba dientes ajenos.

–Mañana no voy a estar acá –dijo en voz alta y el reflejo diminuto de su cara asintió distorsionado.

Castagno apagó el reflector que estaba encima suyo y se sacó el delantal celeste. Unos minutos después, ya en la sala de espera, miró la agenda del día siguiente como algo lejano, sin relación con el presente.

Antes de salir a la calle, desconectó todos los equipos y cerró el consultorio con dos vueltas de llave.



JONATHAN, LA PELÍCULA

Los viernes al final de la tarde eran un infierno. Cerca de las ocho, el video desbordaba de gente ávida de cine. Querían ver los estrenos, algún clásico, la última de Alien, una comedia que no fuera muy estúpida, querían ver “algo” y eran como pajaritos que repetían ¿la tenés?, ¿la tenés?, ¿la tenés? A esa hora yo atendía el negocio en piloto automático. Estaba metido en ese rectángulo de 6x4 con baño al fondo desde el mediodía y, para ese entonces, ya había tomado tres termos de mate y recomendado películas de todos los géneros. Me movía eléctrico de acá para allá, con cajitas en la mano que ponía y sacaba de las estanterías, mientras charlaba de corrido con varios socios a la vez.



LOS OJOS

Hoy a la tarde me operaron de la vista y aunque ya no recuerdo cómo era ver bien, ahora directamente no veo nada. Estoy tirado boca arriba en la cama de la clínica y tengo los párpados vendados con dos parches de gasa. Siento el ardor del láser todavía en las pupilas y me caen lágrimas de los ojos por más que no quiera llorar.

A un costado de la cama, sentada en una silla, Vic sostiene mi mano y cada tanto la acaricia. No estamos en nuestro mejor momento, ¿para qué negarlo? Sin embargo, este gesto suyo de venir a pasar la noche conmigo hace que me replantee hasta mis dudas con ella. Mañana a primera hora sabremos el resultado de la intervención.



EL INTERIOR S.A.

Era de noche cuando golpearon a la puerta de mi despacho. Mi secretaria ya se había ido hacía dos horas y probablemente no quedáramos en la empresa más de tres o cuatro personas, los mismos fanáticos de siempre que preferíamos adelantar trabajo con tal de postergar la vuelta a casa. Yo estaba tan concentrado en la revisión del balance anual que apenas escuché el toc toc toc, dije sin pensar:

–Adelante.

La puerta se abrió con una lentitud exasperante.

Bajo el marco blanco de madera, apareció un viejito de traje marrón y ojos rasgados, con un maletín que le colgaba del brazo como una extensión del cuerpo. Algo en su apariencia me hizo acordar a los muñequitos con los que jugaba en la infancia.



CONTRATAPA, por Elvio E. Gandolfo

Supongamos que tenés un hermano que siempre se llevó mal con la mujer, al final se separa y te avisa que se viene a vivir a tu departamento. O que sos dentista, decidís cambiar de vida, variás por completo tus lugares y tu look y te hacés la cabeza con una chica de una peluquería. O que vas como periodista de rock a un evento en Rosario con un rockero español entre limado y chanta. O que en alguno de esos cuentos crece algo debajo de la pileta de la cocina que no se sabe si es humedad transformada o una especie de “alien”. O que te arreglan los ojos (más o menos). O que te matás trabajando en uno de aquellos clubs de video (¿te acordás?) con un cliente que se llama Jonathan y que por supuesto es raro.

Hace mucho, mucho tiempo Nathaniel Hawthorne se dio cuenta de que bastaba sólo dar un paso a un lado para exponerse “al pavoroso riesgo de perder para siempre tu lugar”. Muchísimo después, ahora, ese riesgo parece más asfixiante que nunca (en el trabajo, en la pareja, con algún amigo específico). Alejandro Güerri cuenta ese tipo de cosas como solo él sabe hacerlo (en primera o tercera persona), como nadie. No es un libro coherente, parejo. Lo empezás a leer y te das cuenta de que te subiste a una montaña rusa.


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