Empezó a oírse seguido hará un par de años. La imagino naciendo en el mundo del trabajo donde las charlas nunca son del todo sueltas, pero de a poco se desparramó a todos los ámbitos como cuando la barrabrava entra y se disemina por la popular.

Alguien empieza a hablar frente a otros sobre un tema que toca de oído. Habla sin tener premeditado lo que va a decir, sin poner el cassette de haberlo pensado antes. Algo en las miradas y en la inconsistencia de su desarrollo le advierten que tal vez no consiga cruzar a la otra orilla del pensamiento y se quede chapoteando en las palabras. Y como un paraguas que la conciencia abriera, se excusa ante los demás:

–Estoy pensando en voz alta.

Hay algo aclaratorio en la frase, un pedido de disculpas por habernos ido por las ramas, pero es también una licencia para decir cualquier cosa impunemente. Desde las infinitas incoherencias que se le pasan a uno por la cabeza a diario y casi nunca comparte, hasta una argumentación vaporosa sin datos ciertos y final abrupto.

Si se conviene que hablar es siempre estar pensando en voz alta, ¿cómo sería pensar en voz baja?

Escribir es pensamiento mudo, salvo que se lea para otros o se declame en privado.

En Buenos Aires mucha gente va por la calle hablando con interlocutores imaginarios o múltiples. ¿En qué momento de la civilización hablar en voz alta en un lugar público se habrá convertido en sinónimo o señal de locura? ¿A quiénes les está reservado el rol de orador? Ese consenso social de concederle a alguien la facultad de hablar a viva voz para pocos o muchos, y ser escuchado.