Era eso, era simple. Pensar en alguien, levantar el tubo y apretar los números en la calculadora del teléfono hasta escuchar al otro lado una voz querida contándonos algo desordenado sobre su mundo. Sin pedir permiso ni mayor prurito que el de evitar llamar a la hora de la cena en una casa de familia.

Flexibilizarse es un proceso de lo más enroscado. Crecer lastima. Aprender conviene. Sucede lo que sucede.

Hay días en que extraño hacer y recibir llamadas al teléfono de línea o como se dice ahora, el fijo.
Fijo vs. Móvil.
Móvil vs. Mobáil.

–¿Y usted qué opina, don Mijaíl?
–En la antigüedad los ancianos de la tribu eran los portadores del conocimiento que se transmitía por vía oral de generación en generación hasta llegar a nuestros días. Hoy somos palabra escrita que se pierde en el escroto del scroll; las emociones, emoticones; jajaja, la risa. Si la escritura no dejase percibir los matices de la voz ni la intención de origen, entonces ¿qué? ¿El rumbo imprevisible de la charla telefónica? ¿La calidez de la voz? ¿La posibilidad de la interrupción, el chiste que se oye antes de la carcajada? ¿Un silencio incómodo y el ruido ambiente en cada casa o caso? ¿Acaso es esto el ocaso? ¡Qué cosa, che!

Siempre habrá sucedáneos para cada especie en vías de extinción. Hábitos, códigos, manuales de uso al día y un presente permanentemente desactualizado. Mensajes de voz sucesivos intentarán armar un diálogo entre telefonitos, otra conversación en diferido del walkie-talkie del futuro que sintoniza con este tiempo donde se pareciera estar más pendiente de emitir mensaje y ser aprobado que en escuchar lo que se dice.

¿Hola?
Sí, ¿quién habla?