Todo hombre experimentó en carne propia esa especie de pesadumbre sin motivos concretos que se instala sobre el cuerpo como un gamulán antiguo. Es la resaca del fin de semana, los restos de una sonrisa que se borra con el primer ring del despertador, la visión de una cuesta empinada a subir hora tras hora, día tras día. Ese bracear en el vacío de la propia existencia sin encontrar razones ni fundamentos que la sostengan, darse cuenta de que hay una falla en el paisaje y sin embargo no verla con claridad, porque todo podría ser de otro modo (mejor) si fuéramos más lúcidos, más perspicaces, si no sucumbiéramos como zombis a la angustia de los lunes.

A tal punto hemos rutinizado la vida que condicionamos el ánimo al día de la semana que toca. Los viernes se siente mucha alegría porque va a llegar el fin de semana y los jueves porque anticipan al viernes, en cambio el domingo pinta la tragedia porque el lunes se viene el traje –casual o no, todo trabajo tiene su etiqueta– y así como el miércoles es bisagra, del sábado nadie habla. O sí, cuando el lunes alguno pregunta: “¿qué tal el finde?”. La convención cala hasta en la conversación y lo impuesto desde afuera, se nos mete como un chiflete por debajo de la puerta sin burlete. Somos el día en el que estamos, nos sentimos martes 13, miércoles de ceniza, viernes santo, feriado puente.

Sin ir más lejos, estos párrafos empezaron a escribirse un lunes a la tarde noche, un lunes raro medio nuboso con sueño en la boca abierta de bostezos que se combatieron con sorbos de café, agua, mate y más café, dándole a las teclas con los dedos, señor ganapán de sus escritos, y una falta de ganas, perspectivas e interés en todo que solo podría atribuirse a la angustia de la semana que empieza. Hoy por suerte es martes y avizoro un futuro lleno de calma y alegrías imprevistas.