¡Oh, tristeza del jabón adelgazado por el uso en la bañera! ¿Por qué da pena verte convertido en hostia que se pega al cuerpo o desaparece translúcido entre los dedos?

¡Oh, dentífrico (¿o dentrífico?) a punto de extinguirte! ¿Por qué nos deprime tu antigua figura esbelta toda consumida y llena de pliegues contra el borde reseco de esa boca redondita que mezquina la pasta?

¡Oh, protector solar que venís bajo la manga del verano! ¿Por qué esa humillación final de apretarte y oír como flatos de crema, semejantes al comestible tronar del frasco de mayonesa, mostaza, ketchup o cátsup o kepchu?

¡Oh, vida útil de los objetos! ¿Cuál es tu equivalente en términos humanos? ¿Acaso acaba todo cuando ya no podemos cumplir nuestra función?

¡Oh, fecha de vencimiento y fecha de envasado! ¿Por qué alentar la confusión en los paquetes con los mellizos VEN y ENV? Y así vamos, ignorantes de saber dónde empieza lo que termina.