Las mujeres que se maquillan en los transportes públicos desatan en el pasaje masculino una
tríada de sentimientos. Pudor porque llevan puertas afuera del baño o tocador los cuidados de la
belleza personal; admiración porque no se entiende cómo consiguen completar sin fallas una tarea
de tantos pasos que requiere de tantos utensilios; excitación, a veces, si la mujer es linda y ejecuta
la acción a consciencia de estar siendo observada con lascivia, aprovechando esa circunstancia
para cruzar una mirada fulminante y casual. Pero analicemos el proceso en detalle, la escena que
se repite con variaciones mínimas en vagones de subte o tren y en las cápsulas de los colectivos.

Una mujer de cualquier edad (aunque de 30 en adelante la impunidad es total, y además la mujer
joven se arregla puertas adentro) abre su cartera de la que extrae un bolsito de maquillaje que
abrirá para terminar el trabajo de recauchutaje facial que no hizo a tiempo de resolver en casa.
Cuando no saca el bolsito y apenas lo deja asomado, se crea una imagen curiosa de cuatro cierres
abiertos, similar a la boca de un pez carpa japonés que se estira para recibir comida. Lo primero en
salir del bolsito será un espejo con el que la mujer habrá de chequear el estado actual del rostro,
una inspección ocular rápida desde ángulos diferentes para definir por dónde atacar el problema.
Después, en un orden que se me escapa (pero que podría ser: la base, el rubor, el rímel, algún
lápiz de ojos y el toque erótico del labial), se entregará al proceso con un nivel de concentración
que, vista desde afuera, parecerá haber olvidar la presencia de decenas de personas a su
alrededor. Solo cuando la maquilladora pública considere que el trabajo está listo, hecho que se
evidencia con el doble cierre de bolsito y cartera, volverá a tomar contacto con la realidad de un
modo que dice sin decir “aquí no ha pasado nada”. Más curioso todavía es que prescindan en
varios momentos del espejo, que nunca se perforen un ojo con el delineador y que se pinten la
cara con una precisión maníaca.

¿Cómo podría un hombre equiparar este gesto tan despreocupado? ¿Pasarse hilo dental por los
huecos del comedor, ponerse gel o gomina? ¿O bien llevar las cosas al extremo y encarar una
afeitada hecha y derecha con espuma, brocha, maquinita y vaso para enjuagar las hojas? Alguien
que no soy yo debería hacer una encuesta para saber qué acto de higiene personal masculina le
resulta más sensual ver en vivo a una mujer.