En Buenos Aires cuando alguien quiere transmitir que algo está resuelto o se da por
descontado, lo que te dice es Olvidate. Cuando se quiere exagerar (o cancherear) sobre
algo que uno hizo o hará: olvidate. Si alguien comenta qué bien la pasamos el otro día,
olvidate. Esta saludable apelación a la desmemoria, que tiene bastante de “vos
despreocupate”, es en la familia imperativa de las frases cotidianas el primo libertino de
Cuidate y el sobrino realmente relajado de Relajá.

Olvidate es también un permiso colectivo que nos concedemos para no recordar un
tema y tacharlo de la lista mental. Claro que sin la garantía del resultado porque al otro se
le dice que se olvide, no que uno hará su parte, como una especie de “ya te escuché, no
me lo vuelvas a recordar a cada rato”.

Algo más vago todavía en relación a concretar la cosa es Ponele, hijo mayor del
insidioso Ponele onda y de Suponete (o Suponte, en su versión high class). Expresión de
probabilidad y deseo, esconde un “en el mejor de los casos” alarmante para quien lo
recibe como respuesta. Si Olvidate lo da por hecho, con Ponele queda todo en veremos.

-¿Venís el sábado a la fiesta?
-Olvidate
-¿Traés dos bolsas de Rolito?
-Ponele…

II
Olvido y memoria, en ese orden, fueron dos nociones con las que tuve que lidiar en el
último tiempo.
Porque eso es otra maravilla, el cerebro no se puede estudiar con esa profundidad. Y
entonces se construyen hipótesis y en general
Tapando los huecos con palabras nuevas alucinantes que ni a Rimbaud se le ocurrirían
parado encima de la mesa de Pessoa.
¿Y yo quién soy?