Olla a presión, siento el barullo que hacés, ese silbido de humo en portugués, ele con hache que suena a elie, shiqui shiqui intermitente que se destapa cuando el pestillo sube y el agua hierve y bulle por tus cuatro orificios. ¡Guay del que ponga el brazo en tu faceta de avión a chorro! Oh, panela, qué pan dulce habremos de mojar en tus fondos de cocción de cuarenta minutos… Y tu atributo aunque equivalga en ambos idiomas, cuánto más libre y más suelto parece con ese -ão (que es un aum) sustituyendo al contundente -ión. ¿Será que algo de joda tiene esa lengua, sensualidad susceptible de burla para el oído nuestro?

Lo cierto, ollita de las mil presiones, es que lo tuyo es la ternura de los alimentos, legumbres que se deshacen en la boca, carnes que se cortan con cuchara, caldos. Y hay algo más, adentro de tu tapa que se cierra herméticamente al mundo exterior y que no deja resquicio para el curioso ojo humano que precisa controlar el proceso, la comida adquiere otra textura, sabe diferente. Y si bien habremos de acordar en que cada forma de cocción modifica los gustos, tu aparición en la cocina de casa provocó una revolución semejante al descubrimiento de la vaporera de bambú. Como entonces con ese recipiente circular donde los alimentos crudos se acuestan sobre las esterillas del medio para ser cocidos desde abajo por el vapor que sube de la cacerola, toda verdura de la tierra, tubérculo, pescado, carne o pollo, fue a parar al agua pato de vos, panela.

Hoy sos mi nuevo juguete en la cocina. Disfruto de tus tiempos y del rigor del método, del mecanismo que encastra la tapa como un imán o pieza de rompecabezas, inseparable. Además me da risa pensar que cuando te volvés grande y masculina, te convertís en panelasso, igual que acá cacerolazo, y tu calor se enfría para darle paso al ruido de una batucada de protesta. Mejor, te lleno de agua y de comida, te tapo y te pongo al fuego para escuchar tu música dentro de un rato.