Podemos llamarlo un día (2005)
Podemos llamarlo un día

Publicado por Ediciones del Dock, en la colección Pez náufrago.


Lo podés leer entero acá abajo o bajarte el pdf.

RESEÑA:





Open Door

Crecer fue tu locura, no esperar por años

la visita de una familia enterrada,

a la sombra de la glorieta, sin cordones,

con un triple en la mano, mientras tajante

la sentencia bullía en tu cabeza: la puerta

se abre, sí, pero nadie sale.

Sueño con eso

y con el banco de piedra y con la voz

de tu hermano como el cable que un poste

tiende a otro. Ya es hora de afeitarte,

aunque en el pabellón no haya luz

y el presente sea un destello

en las hojas de la máquina.



Papá a los catorce

Papá a los catorce, sin papá,

ocupó la casa, la tierna, deshabitada

funeraria. Café para los invitados,

un colchón para el muerto. En el cuarto,

ecos

de toses todavía, el chirrido

de la silla de ruedas, la infancia salvaje

depuesta. Es así, nene,

la primera cena solo es como la última:

tu vida detrás y delante

el plato.




Cáncer

Nadie alcanzó a leer dentro tuyo

lo grave del signo: marca de amor

sepulta en las jornadas de trabajo

inhumano.

—Y que un rayo me parta

si la noticia es cierta.— Es cierta:

la medicina

arroja irremediables sus descargas,

con manos flacas palpás tu calvicie

y la familia, lentamente, se deshace

en cuidados y atenciones.




El médico de la familia

No era mi tío,

igual estaba muerto

sobre la cama tendida —médico

de la marina— con un estetoscopio

prendido a las orejas y en calzones. Vi

cosas que pondrían en riesgo tu vida

y la mía, dijo a mi padre una noche

antes de morir. Un proceso orgánico,

un atentado del organismo en defensa

propia. Su madre conserva intacto

el pasaje de la fuga, el diploma

en un marco.




Guerrilla

Mi hermano es una ametralladora

en el patio de casa. Inerte en un rincón,

la tortuga, esa piedra con anillos. No la mató él,

ni nadie. No es tu culpa, hermano, haber disparado

a la cámara con un arma de juguete. Los chicos

hacen cosas peores que crecer y un desborde

lo tiene cualquiera. Yo

no tengo una ventana más real

que esta foto tuya… Tu sueño,

como el mío, eran dos palitos y un parche,

un problema de metáfora. Y lo demás,

lo mismo, el núcleo de la cuestión: eso

a lo que sobrevivimos.




Infiltrado

Porque a mi hijo lo mataron

estos matones con los que urdo y ceno

el próximo atraco, cambio de hábito. Robar

también es un servicio; una mano de cartas,

un pasatiempo a mano armada. De día

el banco, el rigor insobornable del cajero

automático: yo. Cenar en familia

alimenta la fantasía de salir

en los diarios. Todos ellos están

grabados en esta cinta, a coro cuentan

en tu estómago una, dos, tres balas…




Sucesos argentinos

Tu corazón a cero computó los hechos

con la pericia de un forense. Había

objetos sanos: la mesa, por decir,

la pistola. Dijiste

otra película de enredos, otra proyección

sobre las sábanas. Ahí estábamos todos.

No tiren, es uno de los nuestros. ¡No

tiren! ¿Quién sabe cuántas perforaciones

tiene esa calabaza y cuántos caramelos?

Había una vez un balcón de piedra,

había una vez balas, la familia unida

en una región imaginaria, Kaddakesh,

el Nilo. Río abajo, como camas de agua,

dos lápidas de hielo, inexorable, minúsculo

epitafio: no caí, no espero un milagro,

no soy idiota.




Hamburgo TV

Tu programa era ese. Mirar el aparato

control en mano, comida sobre la falda,

mientras otras escenas: tu mujer envuelta

en llamas por las calles de Austria, el puño

marmóreo de tu padre (sello de infancia)

y saberte solo y que no haya prótesis

para tal pérdida. Una vez muerto, fuiste

noticia ante las cámaras. Un pantallazo

por tu habitación y tus restos, primeros planos

de segundo orden, imágenes que no aceptaría

ninguna norma. Tu madre nunca podrá

ajustar la sintonía, ahora que sabe

lo inmenso de Hamburgo.




Origami

Entretiene al anciano un pedazo de papel

que abolla y estira, como se abollan y estiran

sus recuerdos. La pelvis gimnástica de una mujer

difusa, la noche negada y rotunda, desenvuelta

como una alfombra a los pies de sus días. Duerme

la siesta, ahora. Algo le quema las manos. Ese amor

mudo, sordo de tan mudo, ¿para quién era?




Celebración

Él, resplandeciente,

una sonrisa de oreja a oreja, ella,

achinada de emoción e incertidumbre,

a punto de abordar el coche, sujetos

de la mano, rumbo a la noche de bodas.

Bajo la lluvia de arroz, ignoran que son

felices mis padres y con dos sí

la acción comienza.




Chiste

Es este, el de la oreja, el de los padres

que esperan por su hijo y a cambio reciben

una oreja. Sorda. Si la falla es genética

o queda en manos de la partera, poco

importa. Una noche, anterior a esta,

de cuerpo entero el padre se zambulló

en la entrepierna muda de la madre.




Hijos & Cía.

En ese hijo está la fe: ciega. No respira

ni se mueve pero es una promesa de amor

perdido. Un animal se orienta por olfato,

come las sobras, no se queja. Un animal

quise hacerte, algo con dientes y uñas. No sé

convertir lo que toco, no puedo mejorar

la especie. Los tambores baten su esfera

de ruido, pellejo sobre pellejo. ¿Una selva

para criar a tu hijo? ¿Una comunidad

de monos? ¿En qué pensás que pienso?

Ninguno de los dos halla acomodo

entre las hojas. En la almohada áspera

de hojas, nos tocó esta suerte.

Este deseo.




Subsuelo

Ni un día más las ventanas tapiadas,

la caricia metálica de los cubiertos,

el paño frío. Ya no refresca esta zambullida

en la oscuridad, ir y venir del sótano

al living, ausente como una máquina. Ahora

que hago de mi vida un símbolo, ni esto

queda entre nosotros. Cautivos eran los de antes:

la paciente salvaje, el médico apenado

por lo estable del cuadro. Como de minas,

un campo de hematomas internos. Nunca

un estallido, nunca

la barbarie: una revisación exhaustiva

antes de entrar a la pileta.




Jinete

Otro cuerpo aguza mis horas.

Bajo el disfraz de carne, mi corazón

galopa desbocado.


a mei




Intriga

El espejo embotado por el desfile

de las generaciones no mide más

el ancho mundo del living y sus retratos

vivos, las horas huecas donde cada uno

es idea de otros y la cabecera de la mesa

da pánico. Oigo ruidos en otra parte

de la casa: quién anda ahí,

quién llama.




Automático

A través de mí, pasan voces

como por un tubo amplio y hueco, mensajes

de gente que no escucho, ocupado como estoy

en dar la señal y registrar sonidos.




Envío

A la infancia perpetua de pubis peludos,

a la pronunciación perfecta,

a cualquier refugio; el revés del sonido,

la música turbia que no tiene salida

por los parlantes.




Estribillo

Miedo.

Ansiedad.

Todo bien.


Miedo.

Ansiedad.

Todo bien.




N. del E.

De dónde viene

y adónde va

toda esta gente

sola.




Filial

Ir por la vida en dos ruedas

es tu canto al progreso. Hombre con vocación

de héroe doméstico, la boca llena de dientes

móviles y un refranero que supera en elocuencia

tu afición al silencio. Ante el espejo,

los años invertidos en el manejo del humor

y la navaja. Ya no hacen falta tus armas para dar

en el blanco, ni tu cabeza para sentirme desencajado.

Los dos estamos fuera de tiempo; a nuestro modo,

reconciliados en lo pequeño:

una taza oscura

una idea clara.




Una señora mayor

Huérfana. Viuda. Indistintamente, hija

y esposa de un mundo perdido, tiempos

en que las rencillas familiares se dirimían

en una mesa de póquer. Nunca le vi un gesto

de amor espontáneo, señora que clama

por su salud y por su plata. Cada vez más

feroz, cada vez más anciana. Distingo,

entre el millón de adornos de las repisas,

la medialuna blanca de sus uñas rojas,

el pelo perla de peluquería.




Hecho en el balde

Un charco de agua estanca donde me miro

el torso y las manos. No dejo restos de rastro

humano si paso el trapo. De noche

me aturden los rumores del día, brillan menos

mis zapatos. En cada cuadrado pulido

veo forjarse mi carácter, de un amor a otro

unos metros. Mantengo limpio este ambiente

aunque mi trabajo no luzca o se dé

por supuesto.




Taxi Driver

Abordo la noche con ojo cínico. Se abre

en dos el camino y es uno

el que no duerme. Qué es trasnochar

sino otra forma de gastar dinero. Píldoras,

humo y café, la dieta básica de un solitario

sin otros alicientes que una causa personal,

un acto político, una patriada. Doy un vuelco

radical en mi vida. Amanezco en esta cama

de hospital, sedado y punk. Las noticias

dirán que soy un justiciero, un hombre

que se gana la vida llevando gente

de un lado a otro. Sólo yo sé

que apunté al corazón del sistema. Persisto.

Mi oficio no es pasajero. A mis espaldas

la ciudad expide humos de escape. Sigo

solo hablo solo




Leyenda

Ante los ojos,

el millaje de los carteles

se esfuma.




Hermético

Nunca opiné lo contrario

en voz alta, no dije mi cuerpo es mío. Sí

apilé vibraciones, paseos nocturnos

por zonas bajas, ningún remordimiento. Frente

al espejo, miedo a dar con el contorno

y el revés de una fisonomía ajena, los otros

que velé por verme entero: hombre al fin,

impiadoso, prosaico, como un narrador

distanciado. Visto y oído en muchos sitios,

soy de pocos y de ninguna parte.




En Oriente

La columna de la historia se retuerce

como un dragón de la China Antigua

pero hay un eje: un cuarto de vuelta

más a la cuerda. El samurai camina

en una hoja de doble filo —un sablazo

milenario.

No es la visita a Wei Pa

ni están los hijos en torno a la mesa,

somos mi amigo y yo

conversando.




La cuenta

Desvelado

en esta mesa como una isla,

pido un resumen, un detalle,

algo

de qué agarrarme.




Desenlace

Nunca escribí la palabra río, nunca

te dije ese algo misterioso muere. Vivió

en la selva acechante de todo lo efímero

y familiar: la herrumbre de las hojas

de una máquina sujeta por un hombre

frente a otro: yo mismo, él mismo,

más nítido o más opaco. Veo el final:

haberme ido a tiempo de la melancolía

del relato. Llaman. No estoy. No atiendo.

No abro ni cierro. No me doy más

la cara contra estas puertas.




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Podemos llamarlo un día