El pez que nada

Añosluz editora, 2018

Igual que con los libros anteriores (excepto Oriental), El pez que nada tiene la misma cantidad de poemas que años del autor al momento de su publicación. Este y otros guiños cómplices que pasarán inadvertidos configuran la cáscara del huevo que puso este anfibio poético para salir de la cueva.

Poemas sueltos reunidos, sin una línea estética definida o con varios, sin una historia de fondo, con insistencias temáticas, imágenes sueltas de un «inconsciente que no hacía otra cosa que repetirse». 

Publicado en diciembre de 2018, se presentó en Mecánico Bar con 3 libros más de la editorial: La falla en el fuego, de Flor Defelippe, Comas, de Teresa Orbegoso, y Sangre del día, de Laura García del Castaño.

Juan Fernando García escribió el texto de la contratapa, que se puede leer acá al lado. 

La foto de tapa es obra de Federico Merea.

Reseñas

                                        «Los peces en el  agua
                                        nadan y nada, 
                                        sin encontrar jamás
                                        el límite del agua».
                                        Dogen

El maestro

Ahí va volando el maestro,
tiene los ojos chinos de tanto tomar mate
y una sonrisa plácida que desde abajo se ve
oscurecida por el humo de su cigarro.

Vuela sentado el maestro
y desde el cuello flamean
los flecos de su bufanda,
cordón umbilical y cable a tierra.

Antes de irse,
tal como había prometido,
colgó la ropa en una percha
y dejó un hueco de luz
en esta nada.

Atención, nena

Resulta que anoche soñé con Auswacht,
un compilado de música inexistente
que me salió al cruce cuando tu mano
le dijo adiós a los buenos días.

Había más gente en el living,
amigas tuyas y míos,
extras de un inconsciente
que no hacía otra cosa que repetirse:
la paranoia de ser feliz
y menospreciarse un poco.

¿Sabés qué me gustaría dentro de un rato?
Tener en la mano una flor
que no sea de angustia
y ofrecértela
aunque no la necesites.

La realidad se derrumba de madrugada
y el heroísmo es un sueño hermoso.

El pez que nada

Nunca seré un artista chino
por más que me empeñe en comer
una ración de arroz a diario
si no medito antes de actuar
y la contemplación se me da
entre ratitos.

Nunca voy a ser artista chino
si no describo el paisaje
con la limpidez de un vidrio
recién desempañado:
cuando se mide lo que se dice,
la emoción es un verso.

Hay cosas más urgentes que ser
un artista chino. Por ejemplo,
arreglar el lavarropas que gira
adentro del corazón
antes que anochezca.

Si la decepción viene a buscarnos,
estoy con vida.

Bond Street

Antes de convertirme al gótico dark,
yo era como ustedes: comía fideos con tuco
y me limpiaba los mocos en pañuelos de papel tisú.
Ahora que todo es negro azabache,
soy para siempre un caballo huérfano.
Cuando pisé los pasillos oscuros
de esta galería, me tatué de todo.
Una serpiente, una calavera,
un tribal con una frase jodida
sobre el destino irremediable del mundo:

Amar es más difícil que tejerle un suéter a un pulpo.

Anneken enamorada

Fineza en el trato y modales salvajes
como esa vida vivida sin miedo ni límites,
a lo india. Mujer de fuego octogenaria
rememorando el romance
                          con ese dentista francés
que atravesó sus días como una flecha,
chamán feliz de los corazones chamuscados.

In silence we walk away

No queda nada en pie de lo que conocimos.
El agua no se hizo nieve,
ni la nieve agua.

Siempre supiste silbar en la tormenta
y ahora estás tan callada.
Cuánto abandono de sí en acompañarse,
pero qué grandeza de espíritu
poder ser de otro.

Esta es la escena donde te vas
caminando de espaldas
hacia el horizonte
y el amor queda fuera de foco.

 

Mejor acompañado que solo

El samurái se recluye
para dar el salto definitivo.

Anda desmemoriado del amor,
pero anhela, más que nada,
cruzar a la otra orilla
y pasar un siglo
tirado en el pasto
solo con ella.

¿Ella? ¿Quién era ella?

Uno de los nuestros

A vos tampoco tu papá te compró pochoclo,
pero igual viste todas las películas
que se te cruzaron por la mente.
¿Quién fuiste? ¿Quién sos
ahora que llamarte es imposible
y me quedé con tantas ganas de decirte
que admiraba tus acrobacias?

Inventemos de nuevo el recuerdo, amigo.
                                                Ahora entro
en la dimensión desconocida de tu casa:
en el patio te reís desde el fondo
de una desesperación tremenda
y nadie sabe nada en estos casos.

¿Te acordás la noche en que hicimos música?
¡Cómo sabías brillar cuando querías!

La última vez, organizaste un sorteo
para que al menos uno
ganara algo. Me quedo con eso, Roco,
y con tu pasión por lo ridículo del lenguaje.
Me quedo con tu sonrisa explosiva de humo.

 

El regalo

Mamá, papá,
a mis setenta y ocho años,
he resuelto por fin
no pasar Navidad con ustedes.

Arrastro la inquietud del año pasado
cuando mordí un turrón de Alicante
y las muelas me hicieron crac.
No distinguía dientes de almendras
en el túnel húmedo de la boca.

Por favor, no insistan:
no quiero armar el arbolito.
¿Para qué colgar los adornos
si las lucecitas no encienden?

No se imaginan
lo exasperante que es a mi edad
la cuenta regresiva en la radio,
mamá y sus manos tembleques
sirviendo el champagne contrarreloj
y vos, viejo, como ido
en el trineo de tus ensoñaciones.

Lean esta cartita a las doce,
la dejo al pie de mi regalo:
envuelto y con moño rojo,
todo el amor compartido.

Pan comido

No quiera ser comido por el personaje
que la vida hizo de usted:
suma imperfecta y anquilosada
de heridas sin cierre
que lo abrochan al pasado.
¿Irritación a cambio de flaquezas?
Chistes nacidos del desencanto
que caen rodando como dados
sobre el paño verde.

Un dinosaurio de plástico estira los bracitos
y no alcanza a abrazar nada.

Materia opinable

Soy un guerrero pacífico que nació para morir de pie
aunque cultive este arte intrascendente y vulnerable
sin que nadie se lo pida. Semejante grandulón,
¿necesita todavía un frente de oposición imaginario
acongojado por la falta de la falta que se funde
en el bolsillo interior izquierdo del sacro? Por favor,
un mecenas que se apiade del señorito
y de su corazón templado a la fuerza del fuego lento
del trabajo –muy lento el fuego lento del trabajo–,
hecho un dragón que escupe humo por los ojos
y aun así el último pájaro en abandonar el ruido
cuando se agota el tema y hay que dar vuelta
la página.

Grandilocuente por un rato

Quiero escribir el libro
que mi generación devore
y que los críticos cacareen
cómo pone el pecho
este muchacho
(coma)
cuando escribe.

Quiero alegrarles el día
con palabras sobrias
a los que viven presos
de una ansiedad
que representa otra cosa.

Quiero ser liviano en alguna parte.

Quiero decir en una entrevista
(o artículo) menos es menos
porque entre poco y nada
para decir, siempre hay más
nada que poco.

Traducción

Cuando coincide la rima, bien, sí, pero no es
lo que prima, sino la métrica, la medida:
un corazón que estalla compungido debiera
huirle al consuelo de los versos, buscar la calma

en serio, aunque haya muerto el padre y el sol
en el verano arda más que en invierno.
La belleza es difusa y es clara, una fotocopia
doble faz que se borra con el paso del tiempo.

Pero el eco infantil de un sonido placentero
y todo lo que se juega en un renglón entero
nunca suplantarán la planta que crece sola

ni la roca que aguanta el golpe de la ola.
¿Por qué necesitamos medirlo todo?
Ya no sé más cómo se escribe poesía.