Podemos llamarlo un día

Ediciones del Dock, 2005

Publicado por Ediciones del Dock, en la colección Pez náufrago.
Podés leer algunos poemas abajo o descargarte el libro completo.

Poemas

Open Door

Crecer fue tu locura, no esperar por años
la visita de una familia enterrada,
a la sombra de la glorieta, sin cordones,
con un triple en la mano, mientras tajante
la sentencia bullía en tu cabeza: la puerta
se abre, sí, pero nadie sale.
Sueño con eso
y con el banco de piedra y con la voz
de tu hermano como el cable que un poste
tiende a otro. Ya es hora de afeitarte,
aunque en el pabellón no haya luz
y el presente sea un destello
en las hojas de la máquina.

El médico de la familia

No era mi tío, igual estaba muerto
sobre la cama tendida —médico
de la marina— con un estetoscopio
prendido a las orejas y en calzones.
Vi cosas que pondrían en riesgo tu vida
y la mía, dijo a mi padre una noche
antes de morir. Un proceso orgánico,
un atentado del organismo en defensa propia.
Su madre conserva intacto
el pasaje de la fuga, el diploma en un marco.

Hijos & Cía.

En ese hijo está la fe: ciega. No respira
ni se mueve pero es una promesa de amor
perdido. Un animal se orienta por olfato,
come las sobras, no se queja. Un animal
quise hacerte, algo con dientes y uñas. No sé
convertir lo que toco, no puedo mejorar
la especie. Los tambores baten su esfera
de ruido, pellejo sobre pellejo. ¿Una selva
para criar a tu hijo? ¿Una comunidad
de monos? ¿En qué pensás que pienso?
Ninguno de los dos halla acomodo entre las hojas.
En la almohada áspera de hojas,
nos tocó esta suerte. Este deseo.

En Oriente

La columna de la historia se retuerce
como un dragón de la China Antigua
pero hay un eje: un cuarto de vuelta
más a la cuerda. El samurai camina
en una hoja de doble filo —un sablazo
milenario.
No es la visita a Wei Pa
ni están los hijos en torno a la mesa,
somos mi amigo y yo
conversando.

Cáncer

Nadie alcanzó a leer dentro tuyo
lo grave del signo: marca de amor
sepulta en las jornadas de trabajo
inhumano. —Y que un rayo me parta
si la noticia es cierta.
—Es cierta: la medicina
arroja irremediables sus descargas,
con manos flacas palpás tu calvicie
y la familia, lentamente, se deshace
en cuidados y atenciones.

La cuenta

Desvelado
en esta mesa como una isla,
pido un resumen, un detalle,
algo de qué agarrarme.

Papá a los catorce

Papá a los catorce, sin papá, 
ocupó la casa, la tierna, deshabitada
funeraria. Café para los invitados, 
un colchón para el muerto. En el cuarto,
ecos de toses todavía, el chirrido
de la silla de ruedas, la infancia salvaje
depuesta. Es así, nene,
la primera cena solo
es como la última:
tu vida detrás y delante el plato. 

Guerrilla

Mi hermano es una ametralladora
en el patio de casa. Inerte en un rincón,
la tortuga, esa piedra con anillos.
No la mató él, ni nadie.
No es tu culpa, hermano, haber disparado
a la cámara con un arma de juguete. Los chicos
hacen cosas peores que crecer y un desborde
lo tiene cualquiera. Yo
no tengo una ventana más real
que esta foto tuya… Tu sueño,
como el mío, eran dos palitos y un parche,
un problema de metáfora. Y lo demás, lo mismo,
el núcleo de la cuestión: eso a lo que sobrevivimos.

Subsuelo

Ni un día más las ventanas tapiadas,
la caricia metálica de los cubiertos,
el paño frío. Ya no refresca esta zambullida
en la oscuridad, ir y venir del sótano al living,
ausente como una máquina. Ahora
que hago de mi vida un símbolo, ni esto
queda entre nosotros. Cautivos eran los de antes:
la paciente salvaje, el médico apenado
por lo estable del cuadro. Como de minas,
un campo de hematomas internos. Nunca
un estallido, nunca la barbarie: una revisación
exhaustiva antes de entrar a la pileta.

En Oriente

La columna de la historia se retuerce
como un dragón de la China Antigua
pero hay un eje: un cuarto de vuelta
más a la cuerda. El samurai camina
en una hoja de doble filo —un sablazo
milenario.
No es la visita a Wei Pa
ni están los hijos en torno a la mesa,
somos mi amigo y yo
conversando.

Sucesos argentinos

Tu corazón a cero computó los hechos
con la pericia de un forense. Había
objetos sanos: la mesa, por decir, la pistola.
Dijiste otra película de enredos,
otra proyección sobre las sábanas.
Ahí estábamos todos. No tiren,
es uno de los nuestros. ¡No tiren!
¿Quién sabe cuántas perforaciones
tiene esa calabaza y cuántos caramelos?
Había una vez un balcón de piedra,
había una vez balas, la familia unida
en una región imaginaria, Kaddakesh,
el Nilo. Río abajo, como camas de agua,
dos lápidas de hielo, inexorable, minúsculo
epitafio: no caí, no espero un milagro,
no soy idiota.

Jinete

Otro cuerpo aguza mis horas.
Bajo el disfraz de carne,
mi corazón galopa desbocado.