Empezó como un pinchazo al fondo de la garganta, un dolor agudo pero leve. Al mediodía, ya era imposible desatenderlo y pidió salir antes del trabajo. Camino a casa, compró un antibiótico que le recomendó el farmacéutico. No le costó pasar la pastilla y caer en el sueño transpirado de la siesta.

Se despertó de noche por el sonido de su propia tos. Tenía hinchada la garganta a la altura de la tráquea. El médico de emergencias le recomendó reposo; el de la guardia, estudios, radiografías. No levantó temperatura, pero tampoco pudo comer demasiado. Tragaba con dificultad.

La tarde siguiente, recibió la visita de una amiga. Pudo rechazar el té y las medialunas, no la charla. El dolor iba en aumento y la hinchazón del cuello preocupó a su amiga, también en lo estético. Parecía un bulto con forma de. Antes de dormir, se examinó frente al espejo del baño con una linterna. Dijo: “Aaaaa”.

Atendió el teléfono. Su jefe: para ver cómo estaba, que se recupere pronto. Escupió en el lavatorio unas bolas diminutas de sangre rojinegra. Le costaba respirar pero el pinchazo cedía. En el espejo vio algo que asomaba al fondo de la garganta. Un líquido espeso, que subía como lava desde el esófago, le llenó el paladar, las mejillas. Abrió la boca y dejó salir el corazón.