Todos tenemos un mundo imaginario. A diario reproducimos en la cabeza una serie de diálogos que nunca suceden exactamente igual (si suceden) fuera de ella, e inventamos escenas de las que no se entera (casi) nadie, a menos que por equis motivo el asunto queme y el runrún interno se vuelva material compartible. Toda esa ficción que se desprende del contacto cotidiano con los otros, además de ser una obra creada por y para un solo espectador, ocupa un lugar enorme y su propósito, tenue como una lamparita de pocos watts, suele ser redimirnos ante nosotros mismos por lo que no hicimos o no dijimos en la vigilia de las acciones; también una inyección de ánimo frente a lo que viene.

Recordar un diálogo entero con una persona y reproducirlo con fidelidad absoluta es un imposible que desafiamos en todas las charlas que se estructuran bajo la fórmula “me dijo / le dije”, fórmula muy afín al relato de encuentros y desencuentros amorosos o laborales.

-No, porque ella me dijo: “las cosas se hacen como yo quiero”. Y entonces yo le dije: “como vos quieras”.

Descontando la carga emocional que uno pone en lo que dice (incluso sin saberlo, o descubriéndolo mientras lo dice), la reproducción de diálogos con terceros es entre todos los géneros conversacionales uno de los más amigos de lo imaginario. Elimina frases, agrega énfasis y palabras, exagera gestos, nos muestra víctimas o heroicos, distorsiona hasta volverse argumento sustentable, hipótesis, fantasía… “Si me llega a decir tal cosa, le voy a decir tal otra…”, “Vos le tendrías que haber dicho…”, “Yo podría decirle muchas cosas, pero no se las digo…” Es ese nivel de invención sobre lo que podría pasar o haber pasado, el que uno echa de menos cuando alguien comparte un chat para obtener opinión del intercambio ajeno y se leen palabras desnudas en cascada.

Sin caer en el catálogo, hay otras zonas del mundo imaginario levantadas sobre el recuerdo de los recuerdos. ¿Quién no revivió más de una vez un momento del tiempo que solamente existe gracias a la capacidad de rememorar? ¿Qué tan real es eso cuando la misma anécdota se ordena como los melones del camión y se repite idéntica de la boca para afuera? Es el cansancio de tantas parejas (o de los hijos con los padres) cuando se reprochan: “¿otra vez vas a contar lo mismo?”.

Quién sabe, en algún lado quedan fantasías puras, situaciones y paisajes atados a nada, un boquete sin conexión con lo conocido por donde fugarse un rato de la realidad.